LADY GOVIDA
Al bajar del cuarto al tercer piso, siempre esperaba lo mismo, a élla. Mi carrera estaba, a mi gusto, en el edificio equivocado, era una lucha entre quienes querían mantener la carrera en amplitud humanista, en contra de quienes querían definitivamente llevarla al plano de cuantitativo. Era así, estábamos en el centro de Literatura, Servicio Social, Inglés. Mientras a las 08:00 AM estábamos analizando el porqué de la demanda inelástica del producto tal, en el piso de abajo Virgilio y la Estética hacían filtrar a nuestros futuros amig@s.
No se qué era que me unía a ese tercer piso, en los primeros meses. Pero al salir de clases rápidamente bajaba a esa terraza que conglomeraba a los amigos hecha humo, a los poetas, a los equilibristas de cornisas, a los más revolucionarios y por cierto a las mas bellas chicas de la facultad, quienes muchas veces tomaban ese lugar estucado en piedrecilla como la mejor playa del litoral central, dejando a exposición los mas bellos traseros del Almendral.
Ella estaba ahí. Cada intermedio de jornada sentada en mismo lugar, justo a la vista de la bajada del cuarto piso. Su mirada me cruzaba directamente, yo aun en mis derivadas e integrales que querían demostrar el teorema general del límite, no daban crédito a esa fulminante propuesta. Tuvieron que pasar varios meses para poder acercarme, una vez que Rimbaud, Mallarmé, Artaud y Éluard, ya habían abierto mi concepción de belleza. Y mis manos estaban adornadas por flores imaginarias. Ella estudiaba Letras Antiguas, y puntualmente nos uníamos silenciosamente en los recreos. Aunque en el contorno las sirenas de la policía querían acabar nuestras reivindicaciones y nuestros momentos de amor.
Vivía en un castillo, como princesa en una torre que estaba más alta que las casas del cerro alegre, no se por que le encontraba parecida a Lady Godiva, alguna vez vi un cuadro q me ilusionaba que fuera ella, desnuda cabalgando por Templeman o Galos.
Creo que fue el colorín quien me la presentó, de hecho me pidió si podía entretenerla ya que quería pasar su tiempo con esas chicas suecas q habían llegado de intercambio. Sin dudar, más una sonrisa dual entre nosotros, como si por fin había llegado el momento de encontrarse, aunque cada uno tuviera sus historias, como si cada uno se supiera en el otro, en la otra.
En silencio me tomó de la mano y me condujo por las calles del Concepción, bebíamos un tinto y recitábamos poesía. El atkinson, el yugoslavo, todos esos lugares eran nuestros en la rutina que se mezclaba con una bruma y una tenue luz sepia. Me encantaba, hablaba siempre en susurro, así como hacia el lado, ruborizándose porque me decía quería estar conmigo por siempre, que quería ser mi mujer esta noche y hasta la muerte. Que al fin estábamos juntos.
Me llevó a su torre, se desnudó. Su cuerpo blanco, sus senos, su pubis, me abrazaron mientras caían mis ropas y en las ventanas luces de un puerto que amarra como el hambre. Le di todo de mi, mientras ya entraba la luna por las ventanas, ella gozaba, me seguía susurrando que le encantaba lo que le daba, que quería detener el tiempo, que deseaba tenerme siempre dentro de ella. Después lanzó un sonido de desgarro y unas lágrimas de placer que nunca olvidaré.
Yacimos juntos hasta el amanecer.
El lunes al intermedio de la jornada corrí por las escaleras para bajar a el tercer piso...
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